sábado, 14 de septiembre de 2013

La invasión



Orlando despertó exaltado ante los ruidos de la ventana, pero no quiso levantarse enseguida, dio un par de vueltas en la cama, se tapaba hasta la cabeza e intentaba dormir, son los gatos de nuevo, decía. Los gatos, los gatos follando, los gato peleando, los gatos con hambre, qué se yo, decía.
Pero no calzó, los insistentes golpes en las ventanas no podían ser los gatos, no habían maullidos molestos, y el tercer piso de Pedro Montt con avenida argentina, justo arriba de la botillería no daba mucha fe de que las cosas pudieran durar tanto, ¿es que acaso esos ruidos podían ser algo más meticulosamente planeado?, ¿o más extraño?

Se levantó. Primero fue hacia el baño rascándose un muslo con la mano derecha, mientras que con la izquierda se sacaba el cansancio de los ojos, el ruido persistía, pero podía esperar, dar una meada era un acto hermoso y liberador siendo la hora que fuera, las botellas aun en la mesa eran testigos oculares y silenciosos de la juerga de amigos que hubo aquella noche, entre alcohol, risas, y burlas. Oasis dio paso a Beady Eye, después el Polo puso una banda media chicana que se llamaba, sin recordarlo mucho, ¿cómo era que se llamaba?, pensó, rememorando la noche, ¿”Los lobos”?, que buen nombre, pensó. Siguió pensando.

La mesa estaba inmediatamente al lado de la cama, en realidad todo se dividía entre el baño que estaba justamente al  lado derecho de la entrada al cuarto, un gran espacio donde estaba la cama, la televisión, y la mesa ya nombrada frente a la ventana donde acostumbraba a ver la gran Avenida cuando no tenía nada importante que hacer, finalmente una pequeña pieza servía de cocina. Esa era una de las partes más agradables de la casa. Orlando solía los días hogareños abrir la pequeña ventana de la cocina, mientras preparaba los platos propios de la soledad (fideos, arroz, tortillas, y a veces legumbres), también limpiaba el pequeño y naciente ficus que aguardaba en la mejor entrada de luz. Le hablaba y mientras esperaba que se terminara su plato, tomaba leche sin lactosa, propio del fetiche enorme que sentía por un par de películas que había visto hace algún tiempo, y que justamente ahora no viene al caso nombrar.

 Total de ventanas en la casa: 3,  una en la cocina, pequeña, pero apacible, otra frente a la mesa, y junto a esta la que quedaba a la altura de la cama, la que solía mantener siempre con las cortinas cerradas. Si hay algo que debe permanecer en silencio es como duerme uno, y a Orlando no le gustaba la sensación de ser observado una mañana cualquiera.

Se sentó a la mesa, se tapó la cara con ambas manos, vio el reloj del celular, eran las 5 con 2 minutos exactos, la madrugada, aun no amanecía, ¿día?, sábado: libre.

De tanto pensar y rememorar su existencia, reír un rato y tomarse la cosas con calma demasiada cotidiana, había olvidado el ruido en las ventanas, algo realmente extraño: era la razón de todo, del despertar, del camino por la casa, el baño y bueno, un par de espinillas reventadas frente al espejo. Estiró las manos en busca de los lentes, los limpió con la camiseta y se los puso.

Desde la silla pudo ver que en la ventana la luz que se colaba se veía interrumpida por variadas sombras, pequeñas, pero muchas, que circulaban y se golpeaban contra el vidrio; Allí el origen del ruido interminable, molesto, incluso húmedo.

Se apoyó en la mano izquierda, y con un gesto sombríamente pensativo comenzó a agudizar el oído, había un sonido más que no dejaba tranquila su existencia, pero estaba tras todos los espectros de lo que había allá afuera tras la cortina. Se hubiera levantado para poder terminar rápidamente con el enigma, pero no le gustaban las cosas fáciles, no había ningún desafío en simplemente levantarse, y ver la realidad tal cual era, su inmensa vanidad necesitaba primero adivinar lógicamente lo que pasaba.

El ruido interior, el segundo espectro, comenzó a hacerse más notorio, eran gemidos, familiares, pero para Orlando, que había vivido toda su aventurada existencia en el puerto, lleno de animales incluso rastreros, era imposible concebir que aquellos gemidos correspondían a ratas, o algo parecido. Imposible.
Se levantó del asiento y se acercó temerosamente a la ventana, hasta tener la manos sobre el género azul (que permitía no dejar que la luz entrara por completo todas las mañanas en las que necesitaba descansar), y contando repetidamente hasta tres (no lo hizo a la primera, ni a la segunda, la idea que se gestaba en su cabeza era terrorífica, y asquerosa. Pero a la tercera las cosas suelen resultar) corrió la cortina, y quedó más pálido de lo que un sello de agua, o los relieves de una marca de notaría podían permitirle a su piel, jamás en la vida absurda que a ratos pensaba llevar se había imaginado lo que sucedía afuera. Ciertamente no eran gatos.

Los murciélagos golpeaban insistentemente la ventana, no eran ni 10, ni 20, eran un centenar, todos dando vuelta, golpeándose, tratando de entrar inútilmente. Se dio un par de vueltas por la casa sin dar crédito. Ya asomándose la luz azul sobre los espectros de aquellas ratas aladas comenzaba a pensar en una solución: decidió corroborar que esto no estaba sucediendo en algún otro lugar. Tomó nuevamente el celular, buscó un par de veces el número del Polo y sin pensar en los minutos que le quedaban, llamó.
                -¿Aló? – contestaron.
                - Polo, con Orlando…
                - Me lo imagine, pedazo de idiota, tengo una caña de la mierda, ¿Qué hora es?
                - Como las 6, creo – un enorme suspiro sonó al otro lado de la línea.
                - Cuatico…cuéntame, ¿Qué pasa?.
                - Tengo murciélagos afuera de mi ventana, muchos, quieren entrar, no sé por qué, o sea, no tengo miedo de que me quieran morder, comer o algo por el estilo, pero hacen un ruido de mierda.
                -Orlando, dime, ¿estás comenzando a alucinar de nuevo?
                -Sería difícil decirte que si, ¿no lo crees?, en este momento no puede haber algo más real que los bichos que golpean la ventana.
                - Okey – otro largo suspiro- si no los vas a dejar entrar, entonces es mejor que duermas, cuando llegue la luz se morirán o arrancarán, qué se yo.
                - Gracias Polo, oye, ¿cómo se llamaba la banda que me mostraste?
                -“Los Lobos”, son chicanos.
                - Gracias, descansa.
                - De nada, cuídate Orlando – Colgó.

La conversación lo había dejado feliz, un consejo de un buen amigo siempre arregla las cosas, desde romper con tu novia, hasta un 27 de febrero, todo tenía solución para el Polo, siempre era la palabra sabia, incluso ante la locura. Ahora era tiempo para la solución.

Orlando guardó algunas cosas en la mochila, lo indispensable, se puso los pantalones, las zapatillas, la camisa y la chaqueta. Sacó el dinero entre los libros, y como último paso caminó a la cocina.

Abrió el refrigerador y saco la última caja de leche, y la bebió mientras miraba aquel ficus de la ventana, se 
dio cuenta, de manera anecdótica, que la única ventana por donde querían entrar los bichos era la central, dado que desde la cocina ya se podía ver el amanecer. Eso lo hizo apresurar el paso. Tomó la planta, mejor amiga después del polo, y salió de la cocina dando la última mirada por si olvidaba algo.

Llegó frente a la ventana, abrió las cortinas, aquellos murciélagos podían mostrar en sus ojos negros la desesperación del día que podía matarlos. Orlando se sintió enternecido, sacó el seguro de la ventana, y sin ningún tipo de miedo, tiro la ventana hacia arriba, y dio un paso atrás. Aquellos espectros negros entraron inundando la habitación, mientras que él se abría de brazos como esperando un abrazo estrecho de la masa de animales voladores, o tal vez de Batman.

Los murciélagos dieron unas vueltas sobre la habitación, y después, de cabeza se quedaron prendidos del techo, buscando refugio entre ellos, preparándose para dormir. No hubo silencio hasta que el último se tomó el lugar que le correspondía.

Terminado el proceso, Orlando se puso la mochila, tomó el ficus y haciendo el menor ruido posible se aseguró de que no entrara luz por las cortinas, dejó abierta la ventana de la cocina para que los nuevos dueños pudieran salir, se dirigió hacia la puerta, salió y no volvió más.

viernes, 17 de mayo de 2013

Pánico: Violeta


Si doy un vistazo a las causas  y asares que llevaron a que finalmente Violeta terminara con una narcolepsia  total sobre mi cama, tiempo pasado de la última vez que hablé con Soledad, pues el principal culpable de todo esto sería yo. Claro, mis pastillas y ese inevitable momento en el que algún idiota quisiera tomarlas para poder satisfacer esa necesidad pequeño burguesa de sentirse un “Farmacodependiente”.

Ok, digo “idiota” porque no evaluaba, ni se me pasaba por la cabeza, que sería la chica con la que había estado los últimos meses, y con la cual acababa de terminar hace algunos días. Se supone que cuando el mundo se ve más tranquilo, incluso cuando ya tienes la piel y los huesos para terminar relaciones y bancarte el sufrimiento del otro, este tipo de hechos queda en las novelas de mal gusto y llenas de lugares comunes, ok, creo que todo terminó más que en una novela, en mi vida.

Las cosas estaban claras y en orden: después de mucho tiempo decidí tener una relación eliminando todos los contras: Mi pesadez, el total rechazo hacia la gente que rodeaba; Volví a la casa de mi madre para poder tener un poco de tranquilidad creativa (tipo Jorge Gonzales), dejé de salir con mucha gente (especialmente con mujeres) y me decidí a ser un hombre nuevo con las convicciones tipo León Trotsky. Resultado: Me convertí en una persona que odiaba todo su entorno, y que por cuestiones obvias el entorno lo odiaba a él, pero que por ningún motivo podía salir de allí.

Una suerte de “Los odio, ustedes me odian, pero debo estar aquí”.

No se puede llegar a ser una gran persona mientras odias en secreto, eso al final te pudre, te quema por dentro hasta que terminas escribiendo en los baños, en las mesas, cambiado tus iniciales para que nadie te cache, y escupiendo mierda al mundo. Volví, por ejemplo, a esa maldita costumbre pendeja de enviar mails anónimos a los profes nefastos en la universidad,  aunque fue entretenido. No recuerdo exactamente el mail, pero a uno le escribí diciéndole lo mierda de su clase, lo nefasta de su parada de “super escritor” y que ojalá Rimbaud  acabara llendose en su boca hasta que “todo”  saliera por sus oídos. No me volví una buena persona necesariamente.

Bueno, directo a lo que atañe,  Violeta se tomó 4 mg. de clonazepam en una suerte de llamada de atención debido a nuestro quiebre y a la posibilidad de que una compañera de Universidad haya venido el día anterior a follar desenfrenadamente conmigo. Cuestión que desmiento, pero en la mente de cualquiera se pude transformar en algo despiadadamente perfecto. Asumo que en realidad vino, pero no hubo más que una conversación sobre la mierda de carrera en la que estoy, y por supuesto, ella metida en internet mientras yo dormía un rato. Lo peor de todo es que mi madre fue una de las que en su enojo, con violeta presente, decidió soltarlo, como una forma de joderme la vida definitivamente.

Con Violeta veníamos teniendo una relación estable hasta que me di cuenta que ambos no podíamos seguir tratándonos, ella sabía de mis fantasmas y por otro lado vivía con la idea de que yo estaba con otra persona, la desconfianza me terminó haciendo dejar de creer en la relación y mandándola a la mierda con la condicionante de que podíamos ser amigos, ahora, con ella allí babeando sobre mi almohada, en su quieto e inquietante sueño, me hace dudar de la decisión. Me es imposible llevar adelante una relación completamente estable sin tener que lidiar con casos como estos. Que retroceso.

Con ella nos conocimos en una de esas fiestas a las que vas por la obligación de que uno de tus amigos cumple un año más. Esos edificios de la explanada de Playa Ancha son húmedos, razón por la cual terminamos durmiendo juntos. Miento, nos teníamos ganas virtualmente, hasta que nos conocimos, lo más raro de todo es que al otro día, después de conversar con ella y despedirme, por equivocación, una vez en mi cama y con el recuerdo aún intacto, me equivoqué de pastillas, y terminé tomando unas huevás para esquizofrénicos, recuerdo de mi tío que estuvo ocupando la pieza un tiempo, antes de que yo, después de una larga decisión, me atreviera a volver al “amor de madre”.

Terminé mareado, tartamudeando y babeando (como Violeta), en la urgencia del Carlos Van Buren. Y como la dosis que había tomado no era suficiente para matarme, el lavado de estomago no era necesario, pero como existía la posibilidad de tener una crisis de pánico, decidieron dejarme en un colchón al lado de la unidad de inyectados y viejos locos sin dientes y pasar la noche allí a ver qué me pasaba. Así tal cual. Resultado claro, tres días en cama, sin ningún tipo de tratamiento más que el de ver televisión y pensar en la muerte.

Mucha gente creyó que finalmente me había intentado suicidar, otros solo asentían con la cabeza y pensaban en mi final inevitable. Qué raro, te tomas por error un par de pastillas y ya eres un rockstar con los suficientes motivos para matarte. Nadie evaluó que si yo no quisiera seguir jodiendolos, ya me habría ido a la mierda hace bastante rato.

Bueno, y aquí estoy, en la pieza llena de fotografías, anuncios del llamado a la toma del poder por los trabajadores, esperando que el último amor despierte y salga de acá con vida. Vigilando si respira, o si tendré que dedicarle algún epitafio a los cobardes. 


miércoles, 17 de octubre de 2012

A.K.A.

¿Y a quién le escribo ahora?
Bajo el sol de la primavera que quema mi cuello,
Mientras el veneno de la capital,
nutre tu feto.

¿Y a quién el escribo ahora?

Si el poeta no existe,
cuando la poesía son y era tu cuerpo y mi anhelo...

Ahora con el hijo de otro,
lejana te levantas a dar vida.
Mientras me lleno de muerte,
y como las moscas rodeando el cadáver de lo hermoso,
yo me quedo buscando el soplo,
de la vida del amanecer rojo.
Que por supuesto no puedo ver.

Me da sueño, pálida.
Sin nombre, sin rostro.
Ya no te recuerdo.

lunes, 30 de julio de 2012

Intermedio de "Las cosas".




Ok, hace tiempo que no ponían nada como un intermedio al cuento “Las cosas” (O ”en caso de emergencia” en la versión más proto rockera de Sangreconleche). Pero creo que es difícil escribir cuando tu vida se transforma en un apocalipsis zombie, sin zombies,  y sin nadie en las calles. Yo lo he comprobado andando en la tabla por el Valparaíso lleno de madrugada. Honestamente creo que ideas hay muchas, pero en cuentos como el que estamos escribiendo es necesario por lo menos en las letras sentirte un héroe.

¿Por qué un héroe?, porque solo en los cuentos que escribimos podemos serlo. Por muy triste que esto se escuche. Y bueno, me quedo en silencio frente al teclado y me pregunto, ¿Por qué una historia de zombies?, ¿por qué escribir sobre una sociedad devastada y la soledad propia de los personajes?, cuando en la vida real esta soledad es casi igual de profunda, y no hay un paralelo para no volvernos locos.

No somos héroes ni en los cuentos que escribimos. Ni en la vida real. ¿Y qué importa?
Claramente seguiremos escribiendo, gracias a los que se han dado una vuelta a leer lo que ponemos, pero recuerden que todo es una mentira. Y que difícilmente llegará algo para salvarnos, algo tan hermoso como un apocalipsis zombie.

La realidad supera lo que escribimos. Una noche sin estrellas, y con ellas aburridas de escucharnos es peor que cualquier “cosa” comiendo cerebros frente al puesto de completos en bellavista. La realidad supera nuestras letras.

(Ese soy yo, en una fusión rara con Sangreconleche)

martes, 3 de julio de 2012

Las "Cosas" (O "En caso de emergecia"). Part. 2



La casa olía a sanitizante, la luz se colaba entre las cortinas del balcón, recordé aquellos días en que por la noche terminábamos borrachos riéndonos de situaciones como esta. Claramente no lo dimensionábamos, ¿y que más querían?, ¿Cómo íbamos a saber que el mundo se convertiría en el Resident Evil 3?, al carajo. Veía el foro desde el note del Diego, palabrotas y palabrotas de tipos que estaban escondidos bajo sus camas, a lo mejor nunca habían visto el centro, ni como las rubias que ellos querían tocar ahora querían comérselos (literalmente). Dejé el note de lado.
Diego veía y apuntaba con mi pistola. Un juguete más de este horrendo espectáculo.
                -Pensándolo bien, quiero una cerveza – le digo mientras me estiro en el sillón.
                - Bien Pablito, como los hombres.

Abrí la lata, y me estiré en el sillón de cuero falso, frente a la tele con el X-BOX 360. Bebí, y suspiré como en los comerciales. Del piso tomé el control, como si fuera el dueño de casa, y encendí la TV. El silencio de los canales que ya no trasmitían, hubiera preferido mil veces que la mina del aro saliera a cortarme la cabeza antes de ver que seriamente para nadie existíamos. Y de vuelta, para nosotros ya no existía nadie.
                -No te bajonees Pablo, tengo un par de juegos que te pueden servir…
                -No quiero  jugar, ya tuve suficiente, ¿me pasas la pistola y otra lata?
                -Cálmate, o si no tendrás que ir a buscar más, lo único bueno es que contigo podremos sacar botellas y de todo lo demás, ¿quieres cigarros?

La hospitalidad y la cantidad de suministros de Diego solo decían una cosa: Había salido a cumplir con su perfil, ante el fin del mundo, lo primero que saquearía sería una botillería. Me pasó la pistola, unos cigarros, un cráneo que sirve de cenicero, y otra lata. MANSO CARRETE.
Tomé un largo sorbo, encendí el cigarro, y comencé a cargar nuevamente el revólver.
Cargados los seis tiros, me eché y seguí bebiendo, Diego me observaba en silencio hasta que se fue a su pieza, comprendió que no quería hablar, claramente ¿Qué podía contarle?, ¿Mi familia?, ¡la raja pos huevón!, mañana íbamos a la playa aprovechando el fin de semana largo.

Me quedé dormido.

Un ruido sonó entre la oscuridad, no era la puerta. Estaba adentro, al otro lado del sillón, Diego me habría despertado a chuchadas, ¿quién mierda estaba en la casa?, me pregunté. Me hice el dormido un rato, tome fuerte la pistola contra mi pecho y cerré los ojos.

Sentí que se me acercaban, me observaban, no se atrevían a despertarme. Bueno, claramente, ahora que lo pienso, despertar a un huevón neurótico que duerme con un arma al pecho es completamente iluso. No era una “cosa”, dado que respiraba normal, y no hacía ruidos asquerosos ni nada por el estilo.
Claramente no quería despertarme, pero si sintió la curiosidad de Diego. Con su  mano comenzó a tratar de sacar el arma, me hice el huevón un rato y apreté: seguía, seguía, se rindió. ¿Y si era un ladrón queriendo robar lo que nos quedaba? ¿Y si ya se había pitiado al Diego mientras dormía? ¿Qué hora era? Que se yo…
Abrí los ojos, en la oscuridad todo era difuso, y con fuerza me levante, mande un empujón, tire lo que fuera al piso, escuche la voz de una mujer, me asusté y apunté.
                -DIEGOOO – gritaron y se encendió la luz.
                -¡huevón de mierda, baja esa huevá de pistola, es la Paloma, mi amiga!
La vi, estaba allí tirada de espaldas cubriéndose con los brazos, y yo apuntándola, inmediatamente bajé el arma.
                -¿Qué mierda culiao?, ¿ahora eris el ejército de salvación? – Se asomó un perro, negro, no sé de qué raza... – ¡Y MAS ENCIMA TENÍS UN PERRO!
                -¡Claro, energúmeno de mierda!
Me senté nuevamente, me tomé la cabeza, la miré, miré al perro, miré al Diego que estaba con un saco de dormir encima.
                -Pablo, mucho gusto - dije irónicamente. Paloma, la chica de la Steam.

Nos sentamos, le pedí disculpas, le dije que yo no era así, pero había creído que era una ladrona, sonrió mientras disolvía el azúcar del café.
                -Me vine a quedar el fin de semana con el Diego, y bueno. Pasó esto - Miré al Diego, se hizo  el huevón y me lanzó un cigarro.
                - ¿Y qué vas a hacer?.. – Pregunté.
                -Se quedará conmigo hasta que viajemos –interrumpió Diego.
             - Si, eso, hasta que viajemos, por el momento quería conocer la ciudad, pero parece que está medio difícil – dijo entre una risa nerviosa, a mi las cosas no me calzaban. Esta chica de pelo negro medio largo (entre melena y largo a decir verdad), blanca, con pinta de 17, a lo más 18 años, estaba sola (con nosotros a lo más) en medio de una ciudad de mierda llena de “cosas” que comían cerebros y que el suyo no era una excepción. Y me hablaban de viaje, lo pensé y…
                -¿VIAJE?
                - si pos –nuevamente Diego- tiene que volver a su casa, bueno…si es que…y yo tengo que ver a mi hermano.
                -Y eso es en…
                - Santiago City – Dijo paloma dándole un tono de concurso de tele.
Me encogí de hombros, me incliné hacia atrás y cerré los ojos, me dolía la cabeza. Estaban en silencio, esperando mi respuesta, pero ¿Qué más daba?.
                -Okap, iremos a Santiago – Ambos rieron, Diego corrió al refrigerador, sacó tres chelas y nos dispusimos a seguir bebiendo.

El rato pasó, nos reímos, yo los miraba a ambos, se veían como si este episodio fuera lo que más necesitaban en sus vidas, me dio un poco de miedo. Encendí otro cigarro, nos quedamos en silencio. Los miré, es decir, en verdad Diego me miró y yo lo seguí.
                -Ya…¿y a cuantos Zombies te pitiaste en el camino? – Lo miré, y encogí los ojos, miré a la mesa.
                -Ya viste a la rubia del auto, ¿no? – Ambo se rieron a carcajadas.
                -Huevón, fue el terrible show, no le achuntabas nunca, ¿nunca cachaste en las películas que el balazo es en la cabeza?...me indignas.
                - Seguía la guía para matar “cosas” del “Amanecer de los muertos”, primero las piernas, para inmovilizar, después la cabeza.
                - AJAJAJA, NOTABLE, es brigida esa escena – dijo Paloma, su sonrisa era enorme, rebosante de alegría, yo dejé de sonreír apenas me hicieron la pregunta. No podía.
                -¿y le diste a otro más? – preguntó, entre risas, medias pecosas, con grandes ojos café oscuro.
                - Si.
                -¿ a quién?, ¿un paco?, eso sería típico de ti- replicó Diego, extasiado entre sus chelas.
                - A mi hermana.

SILENCIO.
               
                -C-como…¿mataste a tu hermana? – preguntó paloma.
                - No, ya estaba muerta, o sea…no lo se…
                -Era un zombie – de nuevo Diego.
                -Huevón no les digai así, esa huevá tan gringa, tan llena de fans, de huevones que esperaban esta huevá de carnicería.
Diego en otro momento me habría dicho mariconcito por ese argumento, quizá no lo hizo por mi confesión.

La noche había avanzado hasta las 4:30, afuera no se escuchaba nada, con Diego estábamos asomados por el balcón, Paloma dormía plácidamente en el sillón. No comprendía su facilidad de dormir, bueno, con las cervezas encima era posible dormir bien.
-¿Cuántos crees que hayan en esta manzana? – Preguntó.
-No lo sé, ¿Cuántos vecinos tenías? –encendí el penúltimo cigarro.
- Su resto, y creo que sé cómo hacer para saber y a la vez deshacernos de todos, digo, pronto tendremos salir del edificio para viajar, y bueno, tenerlo despejado es la mejor manera,  por eso primero creo que deberíamos darles una peleíta.
“Peleíta”, pensé. ¿Qué íbamos a ver?, probablemente yo primero debía asumir que eran zombies, nada de “cosas”, y que bueno, en un mundo realmente loco, lo mejor era tener actitudes de esa naturaleza, nosotros teníamos la opción, al menos, de elegir.
-¿Y el plan es?...
-Abajo hay un auto, le hacemos contacto por los cables, alimento la bobina y listo, encendido.
            -OOOK, ¿y después?...
           -Llevamos el auto justo acá al frente – dijo mientras apuntaba al centro de la manzana- e iniciamos un incendio, el auto explotará y se quemarán. La idea es que se junten muchos más.
            -¿Explotar?
            -Tengo un bidón grande de bencina, y anoche antes de que llegaras me quedaron unas mechas listas para lanzar.
            -¿No has pensado en que nos atravesaremos con muchos de ellos antes de lograr subir?.
         -Idiota, tiraremos una mecha desde el balcón, pero tenemos que subir antes de que todo se evapore…          

Pensé un momento la situación, me asustaba la idea de querer hacerlo. De cierta manera era como aceptar, como lo hacía Diego, el mundo en el que ahora vivíamos.
 Segundo tras segundo peleaba contra la locura, la des humanidad, y  estaba perdiendo, pero ¿Qué más nos quedaba?, había que eliminarlos a todos antes de que se enteraran de que estábamos aquí. Paloma dormía, Diego la miraba con mucha nostalgia. Bajé la vista.

Diego sacó de su closet un pesado bidón lleno de gasolina, mientras que al lado tenía unas botellas de jugo watts listas para lanzarlas como un infernal coctel molotov, ni los pacos hubieran imaginado semejante arsenal, me puse un abrigo verde, unos bototos que me prestó el mismo Diego (al parecer el si había estado preparando MESES este apocalipsis), y una mascarilla de gases.
Metí las mechas en la mochila, unas 20 por lo menos, sonaban y me hacían recordar el 2011 con una amargura inmediata.
-Como cuando salías en la UPLA, así el olor no te va a marear.
-¿cómo lo hiciste para no morir asfixiado, huevón, esto estaba en tu pieza?
       -Lleva acá pocos días y lo cubrí con mucha ropa, un remedio casero que me enseñó mi hermano.
Tomó su bate, el bidón, ordenó que lo siguiera y lo cubriera ante cualquier amenaza, algunos corrían y podían saltar sobre cualquiera de los dos.

Miró por última vez a Paloma. Primera vez que veía esa expresión en Diego, más adelante las cosas se pondrían difíciles, por eso recuerdo esta noche como uno de los hitos que nos marcaron a los tres. Cerró la puerta con llave y comenzamos a caminar por el pasillo.
                -Todo comenzó así, y ponme mucha atención – me decía mientras caminaba con un poco de pesadez, tambaleándose por el peso del bidón – la historia de lo que vivimos hoy es re simple, aquí en chile, según leí y vi en algunos videos, la epidemia comenzó en un manicomio en Concepción.
                - Esa noticia la dieron un par de veces.
                -Una mierda, no contaron todo, dijeron que había sido un simple motín, y mostraron la sangre por todos lados, no dijeron nada de lo que pasaba allá adentro.
                -No me sorprende…
                -Para nada, la huevá es que tenían a un tipo encerrado por un caso de supuesta rabia, una enfermedad rara para estos tiempos, además que no presentaba los síntomas  normales, si no que mostraba una rara deformación en la piel: podredumbre  
-¿Cómo no se dieron cuenta que el pobre huevón estaba muerto?
                - eso es poh’, si se dieron cuenta, y lo encerraron mientras el servicio de salud y otros organismos internacionales lo examinaban.
                -No me calza, ¿y por qué no lo sacaron del sanatorio y se lo llevaron a algún bunker?..
                -No se atrevían, parece que todo era muy contagioso – sentimos un ruido, paramos un rato. Nada.
                - Pero, ¿de dónde sacaste la información? – Pregunté.
                - Simple, pequeño saltamontes, el foro que tu estás leyendo es el único medio de información para los que seguimos vivos…bueno, por lo menos sanos.
                -ya, ¿y?.
                -Un funcionario de concepción, se hizo usuario del mismo y nos contó a todos, igual fue para la cagá, si tú me hubieras hecho caso desde un principio, sabrías todo lo que yo sé…
                -Me calza con los casos de los gringos que se comían las caras.
                -Exacto huevon, ¡por fin cachai algo!, ¿Cómo mierda esperaban los gringos que con las sales de baño que tengo en mi tina podías convertirte en Hannibal Lecter?
                -imposible…
                -Te das cuenta que ahora que toda la lógica se ha dado vuelta, ¡es hermoso!, ¡el tipo se escapó, mordió a otro y comenzó la carnicería!

Bajamos los escalones, con miedo, a pasos apresurados tratábamos de hacer el menor de los ruidos, a veces sentíamos movimientos, pero la reacción de las “cosas” era mucho más lenta, sentían un sonido y se demoraban mucho en  moverse, aunque cuando estaban seguros corrían tras de ti. Esas eran mis conclusiones después de días huyendo, disparando, viendo como los milicos se llevaban a la Alondra.
Llegamos al estacionamiento, solo nos separaba una reja de la calle, y unos metros de la esquina con vista a la casa de Diego.
                -Tú abre la reja, yo hago el contacto – ordenó.

Corrí, y me iré contra el metal, e intenté correrlo hacia un lado, no daba resultados. Miré a una de las esquinas y me sentí idiota al darme cuenta que la reja era eléctrica, fui a la casilla del guardia.  
La puerta estaba cerrada, aunque los vidrios rotos, ensangrentados daban huella de un increíble festín, abrí la puerta y del Don solo quedaba un torso, y un brazo a medias. Evité vomitar, entre toda la sangre estaba el interruptor, le di e inmediatamente la reja comenzó a abrirse, haciendo esa pequeña alarma que a Diego y a mi nos dejó fríos. Se asomó desde el auto y nos miramos cagados de miedo. Sentíamos los movimientos, caían basureros, a lo lejos se sentía una horda de muertos chocando entre sí, si no nos apurábamos íbamos a ser carne, solamente eso.

El sonido terminó y el silencio volvió a reinar. Caminé hacia el auto.
                -¿Cómo vas? – pregunté.
                - Pulento, el auto está listo, solo tengo que hacer esto – movió un par de cables y se encendió- cacharás que si encendemos las luces dejamos la cagá.
Asentí, me subí al copiloto, mientras Diego ponía en primera y movía lentamente el vehículo por el estacionamiento, pasábamos la reja, el bidón descansaba en el asiento trasero.
                -¿No crees que hubiéramos podido, con toda esa gasolina y este auto viajar a Santiago ahora mismo? – era mi inevitable pregunta.
                - Hay que esperar, son 5 días, ya te contaré.

Nos pusimos en la esquina, ahora venia la fase más bonita del plan, rociar todo para que ardiera como en el mayo francés. Saque las mechas y comenzamos a golpearlas contra el auto, llegue a romper el parabrisas con una, por otro lado el Diego roseaba con el bidón, yo comencé a tirarlas en los alrededores, esto iba a ser un infierno. 

Dejamos a la mitad el bidón, y lo pusimos en el asiento de enfrente, Diego en un acto de humor le puso el cinturón de seguridad, reí a mis adentros.
               -Cuando se comience a quemar, el bidón será la obra maestra, esta huevá explotará de lo lindo, ahora, CORRE.
Comenzamos nuestra carrera, las escaleras se hacían nuevamente largas, como  cuando había llegado, esta vez hacíamos ruido, estábamos un tanto desesperados, comenzaron las carreras tras nosotros. Miré hacia atrás.
                -Cresta, ¡tenemos a dos, una vieja y un huevon con corte de milico! –grité.
                - Los vecinos del 810, ¡¡pícala!!


Corrimos, hasta la puerta que daba al pasillo del departamento, Diego la pateó y vimos a dos muertos más que estaban chocando entre si.

-Pablo, tu dale a los de atrás –volvió a ordenar y se abalanzó con el bate sobre  los zombies, el choque de cabezas húmedas contra el metal sonaba de aquí a dos cuadras. Saqué la pistola y me quedé campeando frente a la puerta, los sentí llegar, se asomó primero la vieja “BANG”, a suelo headshot, tiritó un rato y murió (nuevamente), di dos pasos atrás, se asomó el tipo con corte de milico, parecía recién salido del servicio militar, era grandote, me dio un poco de miedo, respiraba agitado, dude un poco, pero comencé el juego. “BANG”, rodilla izquierda, “BANG” rodilla derecha, la mierda se arrastraba como merecía, ya en este mundo no había muerte digna para esta escoria. La sangre se esparcía por el pasillo. Llegó hasta mí, me tomó de las botas, de ambas, estaba lento, al parecer no comía hace rato. Subió la cabeza esperando botarme o poder comer algo.

Poniéndome en su lugar, creo que fue desilusionante para el ver que le ponía la pistola justo en la frente. Disparé, sus sesos se derramaron sobre la pared blanca. Todo era un desastre, Diego, me tomo del hombro y nos fuimos directo a la puerta.

Abrimos y nos sacamos todo el peso de encima, Diego reía, tomaba un paño para limpiar su bate, después el mismo paño lo tiraba por la ventana, mientras buscaba el cloro, yo tomé las últimas mechas y las ponía en el balcón. Despertamos a Paloma.
            -Ahora démosle al auto, Paloma, tu primero… -dijo Diego, yo observaba en silencio.
            -¿Qué?, ¿Bajaron sin mi? –Decía Paloma con aire de niña mimada.
-Ahí te explicamos – le paso una mecha, mientras le daba las instrucciones de como lanzarla.
-LANZALA O SE QUEMA LA CASA – gritó.

La primera estela de luz salió y golpeó el auto, comenzó el fogón “ya está ardiendo, ya está ardiendo, el fuego, el fuego”, Paloma sonreía, como si estuviéramos en año nuevo, se abrazaron con Diego, yo por mi parte tomé otra y la lancé, también di en el auto, el fuego comenzaba a esparcirse, a lo lejos sentimos la horda enfurecerse. Las Lanzamos casi todas (yo guardé una aparte, para comenzar el baile), el auto ahora era una bola de fuego incandescente que iluminaba toda la cuadra, comenzaron a llegar montones de muertos, la que tenía reservada la apunte directo a la multitud, sin mentir eran por lo menos 600 bichos, todos buscando algo que comer. Encendí, y lancé.

La mecha dio justo en el blanco, comenzaron a quemarse, el auto ya estaba en su última fase, recordé el bidón, y justo “PAF”, el auto explotó  en una bola de fuego enorme que alcanzó todo a su alrededor, ahora se quemaban, gemían, los vidrios a los alrededores se quebraban, se cortaban, pero lo más importante, chocaban entre ellos, expandian el fuego.
Nos Reímos, habíamos despejado el edificio, habíamos quemado a mas de 600 imbéciles muertos. Me fui a dar una ducha, y después pasé al espejo para reconocerme.




Diego también a documentado los hechos hasta ese día, puedes verlos Aquí.


Ilustración tipo cómic de nuestra amiga Nikol (@lanegrademierda), salgo bonito, muchas gracias por ello.

martes, 8 de mayo de 2012

Las "cosas" Part. 1



Fue largo el camino hasta el departamento de Diego. Las Calles estaban desiertas, eran las 2  de la tarde y no había ningún alma dando vueltas por el centro, Valparaíso parecía un día domingo santo en pleno miércoles.  A ciertos ratos se sentía un fuerte olor a bencina, que terminaba con la escena de un auto chocado contra un poste, con la puerta abierta y rastros de sangre, quién quiera que hubiera sido el pobre cristiano, había escapado.

Conforme avanzaba hacia la plaza Victoria  se repetían las vitrinas quebradas, rastros de saqueos, y neumáticos humeando, lo poco que quedaba de lo que fue una noche de revuelta. Comprendí que las “cosas” habían desatado un caos social, nadie soportó el toque de queda, y el estado tuvo que vérselas con unos muertos que caminaban, mordían, atacaban, y también con los vivos que no querían morir y que eran incrédulos ante la epidemia que se estaba por cernir sobre todo, todos.

Avancé hasta llegar por fin a la plaza, y el escenario era dantesco. Un guanaco dado vuelta (no era tan terrible después de todo) en llamas, y el silencio de un turno de guerra, ningún rastro de gente. Había un olor reconocible, la carne cruda cuando la traíamos del supermercado se me vino a la mente como si estuviéramos a punto de hacer un asado. Me preocupé.

Grité, quería ver a alguien, grité por alguien allí, grite nombres, grite mi nombre. Silencio.

Recordé las películas de antaño, “Exterminio” me pareció la adecuada, comprendí por que la mayoría de las escenas debieron ser hechas en la madrugada, donde no había nada ni nadie, ni la desolación. El edificio de Diego estaba a media cuadra, me puse en camino de nuevo, y escuche el ruido.

Un auto comenzó a hacer sonar su alarma, me quedé quieto, fuera lo que fuera vendría rápido, revisé mi mochila, saqué la pistola de mi viejo y empecé a apuntar asustado, maldita sea, nunca había aprendido a tomar una de verdad, y en ese momento me cagaba en mis pantalones. La alarma paró, no escuché el ruido de ninguna horda, de ninguna tropa de “cosas” como en el left for dead 2. 

Sin ningún sentido, como son la mayoría de las acciones de la mayoría de la gente que se encuentra en la incertidumbre, me acerqué al auto, lento, sudando, pero ya sin miedo a nada, claramente aún no había visto nada, solo la plaza victoria semi en llamas y muchos autos abandonados, volcados, y ni rastros de nada y nadie. Eran las 5, comenzaba a hacer frío y ponerse oscuro. Y entonces vi el auto por dentro.

Ok, desde aquí la narración se pone rara. Había “algo” adentro, trataba de abrir la puerta, parecía una mujer de unos 30 años, bueno, palida, con heridas en las manos, rasguñaba el vidrio. Le inventé una historia: 

Se llamaba Viviana, y en medio del caos, y mordida por una de esas “cosas” se oculto en el asiento trasero de su vehículo, mientras veía como los pacos no podían contra las cosas y los protestantes, que a su vez eran comidos, y todo se volvía ese caos pulento que uno se pierde cuando está haciendo algo importante, tapando con una sabana a tu hermana por ejemplo.

Terminé su historia, saqué una foto con el celular (con la poca batería que quedaba), y me decidí a pensar que definitivamente todos quedaríamos así. No había escapatoria, quizás el mismo Diego estaba deambulando en su departamento con la entrada llena de estas cosas. De todas formas las puertas del auto estaban abiertas, no quedaba ni una pisca de la sociedad, por lo tanto la humanidad en si eran mis actos de buena fe, y lo que hice fue un acto de humanidad. Abrí la puerta del auto y la dejé bajar.

Y la “cosa” se bajó, en un vestido semi rosado, manchado de sangre, una piel amarillenta, esas venas marcadas y el pelo teñido rubio, de cualquier forma esa mujer viva no me habría parecido bonita. Me miró, yo la miré (en el nerviosismo le guiñé el ojo), empezó a oler el aire como un animal, mientras las moscas salían de su pelo, tomé distancia suficiente. Y empezó.

Primero se me acercó en una torpe velocidad, asumí que no podían moverse con gran facilidad, era el sistema nervioso contra su capacidad motora real, estaban muertos, estaban tiesos. Mientras más cerca, mas abría la boca, ya me sabía esa historia. A los 6 metros le disparé en una rodilla, no hubo señal de dolor, es más, estiraba los brazos tratando de alcanzarme, la actitud era hostil, aún ocupaba su pierna derecha, le permitía moverse, volví a disparar y cayó al suelo. Creí que era suficiente, me di vuelta y me dispuse a seguir lo poco de camino que me quedaba.

Pero, ninguna historia tiene un buen final si no se demuestra la real naturaleza de la que estamos hechos, el capitalismo nos mal enseñó a no perder, sentí quejidos, me di vuelta. La “cosa” se arrastraba, seguía mi olor, quizá mi ruido, que se yo.

OK,  lo admito, todos tenemos nuestros días de furia, yo me enoje, quizás recordé lo que había pasado con mi hermana, con la madre de Alondra (que no tenía idea donde estaba), con mis viejos, da lo mismo, me acerqué y en escena de ira-cine le puse la zapatilla sobre la cabeza y dispare los últimos cartuchos que me quedaban.

Constaté que ya no se movía, obvio, toda esta locura era como en las películas, el disparo en la cabeza y listo. Abrí la pistola y dejé caer los cartuchos humeantes sobre el cuerpo de la otra vez muerta. Después me senté a su lado mientras de mi mochila sacaba otras seis balas y cargaba nuevamente mi juguete.
Sonó el celular, me demoré en sacarlo del bolsillo, ¿quién podía llamar?, ¿mi viejo preguntando si llegaba hoy a la casa?, MIERDA, aun narrando la historia me sigue doliendo todo, los huesos, la normalidad con la que pasó todo, con la que desapareció todo. Vi la pantalla, Diego.
                -¿Aló? –contesté.
                -El terrible show que te mandaste – respondió.
                -¿Me ves desde tu ventana?
                -Obvio, toalla roja- Miré al edificio, un tipo movía una huevá roja desde una ventana, era él.
                -Ok, te vi, ¿tienes electricidad?
                -Si, pero no ocupes los ascensores, sube corriendo.

Corté, y apreté los dientes.

La reja al edificio estaba abierta, no había portero, solo signos. ¿De qué?, pues adivina, bastardo: sangre, rayones en los vidrios, una cosa verde, fui a los escalones, mis encías ya sangraban, y como nunca corrí, estaba en el séptimo piso, no era tanto.
Mientras subía sentía el ruido de balbuceos, dientes o algo así, conté los pisos.

1: Principio, cresta que queda.

2: Dale, dale, arriba hay cama y ducha.

3: ¿Y si este huevón no tiene comida?

4: ¿Qué es esa huevá en la escalera?
Si pos, había una “cosa” en medio de la escalera, y si hacía ruido vendrían mas, supuse. Por la Mierda. Apunté, disparé, se cayó, todo retumbó. Y comenzaron los gritos.
Miré hacia abajo, las puertas se habían abierto y “cosas” subían incómodamente rápido las escaleras. ¿Acaso no podían correr?, ¿acaso no viste exterminio, idiota?

5: Corre conchetumadre.

6: Mierda, mierda, mierda.

7: ¡¡¡Diego y la conchadetumadre!!! – grité.

Abrí la puerta y Diego me esperaba en la entrada de su casa.
                -¡Apurate ahuevonao!

Corrí, la puerta se abrió de golpe, me iban a agarrar, bueno, uno solo que por razones que aún no me explico podía correr, entonces Diego, creo que sufriendo mi mismo delirio de grandeza, le dio con un bate tan fuerte que me provocó incluso un poco más de miedo el que la otra huevá que quería comerme, creo. 

Le dio, le dio, le dio, le dio, le dio, le dio, le dio y le dio.

Más tarde cerró la puerta, muchos pestillos,  fue hacia su refrigerador y sacó dos cervezas.
                -No tomo- dije.
                -Deberías, se fue todo a la mierda, lo amerita.
                -¿todo a la mierda?
                -SI, el sueño socialista, no hay estado, y los soviets son esas huevás que se quieren comer incluso a si mismos.
                -Imposible.
                -Dímelo, pero lo único que hay vivo en la red es este foro culiao – me dijo mientras traía su notebook.
                -¿foros?, esas son huevás de pedófilos.
                -si, lo se, pero bueno, son los únicos que dan info, dicen que en la moneda ya no hay nadie y que el ejercito desertó, solo hay pequeños grupos armados tratando de mantener su orden.
                - ¿y tienes comida?
                -si, una semana, nada más.
                -¿Y qué dice el foro?
                - te lo cambio por mientras me dejas ver el juguetito de tu mochila.
                - ok


Espero puedan dormir, sin escuchar la voz de Cash y su propio apocalipsis.

domingo, 29 de abril de 2012

Las "Cosas" (Demo)



Paloma mira entre los maderos clavados a la ventana, el polvo se hace notar entre los rayos de sol que entran a la casa, atrincherados, con un poco de miedo y hedor, sudor de nervios.

Diego limpia la pistola que le robó al paco que agonizaba en la esquina, un gordo inútil de la Primera de Playa Ancha que había saltado mal una escalinata, cuando corría lleno de horror: Saltó sin darse cuenta. “Dejalo allí, si se lo comen a él, a nosotros no nos seguirán más” gritaba en un éxtasis asesino.

Y así fue, mientras corría podía escuchar la multitud de “cosas” que destazaban la carne del pobre imbécil. Cerré los ojos, y cuando los abrí de nuevo vi como Paloma, que iba más adelante, miraba hacia atrás sonriendo, riendo, a ratos saltando de una felicidad que no comprendo.

Valparaíso se volvió loco, nosotros no creíamos nada de lo que pasaba, creíamos que era otra estrategia del estado para crear el pánico y distraer de los problemas realmente “importantes”. Luego comenzaron los ataques en los consultorios, las “cosas” se levantaban con las mantas blancas aún cubriéndoles las caras, en Montedónico decidieron atacar un consultorio con bombas molotovs para que las “cosas” no avanzaran hacia la población. No resultó del todo, pero nosotros nos sentíamos envueltos en una revolución al verlo por la TV, craso error, si eso hubiera sido una revolución, nunca lo habrían televisado.

Todo de una semana a otra se convirtió en un guión retorcido de Grant Morrisson. Con Diego y Paloma nos comunicábamos constantemente por Skype para saber qué pasaba. Twitter se cayó, Facebook dejó de funcionar, los hipsters ya no pudieron publicar mas en tumblr, ¿por qué? Pues las redes habían sido cerradas, el estado estaba controlando todo, por el bien de la lucha contra las “cosas”, las noticias evitaban el tema, no daban más de 1 minuto, a veces 30 segundos, de lo que pasaba. Mientras por las noches se escuchaban gritos y disparos. Mis viejos salían a trabajar todos los días, la producción, a pesar de todo, no se veía intervenida.

Pronto dejé de ir a la Universidad, a las reuniones del Partido, ya no carreteaba. Me subía al techo de la casa con la escalera atermitada del patio trasero, y veía los resplandores de Valparaíso y los sonidos con ritmo tiroteo. A veces se cortaba la luz, mi familia contemplaba en silencio las luces, las sombras de los militares pasar por la cortina, y como se quedaban parados en la esquina. Yo me tapaba con las mantas hasta la cabeza y esperaba quedarme dormido. También llamaba a Diego que todas las noches, desde su departamento, miraba con binoculares la oscuridad y los resplandores.
                -Son zombies, huevón – me decía.
                -Estay loco, esas huevás pasan en los juegos culiaos que tenís.
           -Claro mata de hueas, entonces las “cosas” babeantes que atacan a los pacos son los revolucionarios del pueblo.
                -ni siquiera has visto a “las cosas” de frente.
                -Podríamos probarlo.
                -voy a cortar.

Un día me despertaron los gritos de la casa de al lado, me levanté, mi hermana bajaba el volumen del buenos días a todos (lo único que daban en televisión abierta), y me acerqué a la ventana. La Alondra, mi vecina de cabra chica lloraba desconsoladamente en el ante jardín, pedía ayuda, mientras un grupo de militares con pasa montañas entraban en su casa, parecía escena de guerra. Salí enojado, le grité a un par de milicos que estábamos viviendo en democracia, que esa no era la forma de tratar al pueblo, uno me echó hacia atrás, yo agarré a Alondra y la tiré a mi lado conforme gritaba “milicos de mierda”, “hijos de puta”, “Fascistas de la patronal”. No comprendía lo que pasaba realmente, solo veía a los milicos no replicarme nada, sus ojos demostraban incredulidad mientras entraban a la casa, como si ni ellos supieran lo que hacían. Yo lo comprendí apenas vi salir al primer uniformado disparado desde la ventana. Comenzaron los disparos, al parecer la Mamá de Alondra despertó enojada (muerta de enojo) y decidió darle la pelea al fascismo.

Decretaron toque de queda. Ese día mi viejos no llegaron a la casa, tampoco lo hicieron los días siguientes, mi hermana y yo nos quedamos solos. Más tarde mi hermana enfermó, creo que fue un resfrío, a lo mejor no lo recuerdo tan bien, o no quiero recordarlo. Simplemente se murió y la dejé encerrada en su pieza, mientras en mi mochila echaba los panfletos del partido (no sé por qué), la linterna, mi onda con la bolsa de canicas para romper los vidrios de los autos, mi polerón.  Los Pitillos, las vans, la bufanda verde para abrigar.

Iba derecho a la salida cuando escuché que arañaban la puerta de la pieza de  mi difunta. La arañaban por dentro. Era ella. Definitivamente era ella, muerta claramente.
Recordé el cajón de mi viejo, nunca me acerqué a él antes, y el shock no me había hecho razonar. Fui directo a buscar el revolver del cajón maldito, ese que estaba lleno de polvo, que nadie limpiaba, pero que tenía el pasado más vigente de mi Padre, donde quiera que estuviese deambulando en ese momento. Ese pasado Frentista del que nunca habló con orgullo, claramente el orgullo debe venir después de una victoria.

Abrí el cajón, “6 balas, pero efectivas, nunca se atasca” leí en un foro de imbéciles. Saqué el revólver y la caja de balas que estaban al lado, olía a humedad y estaba grasoso. Y como aprendí en los juegos de PC, abrí el revólver y lo cargué. Paso seguido guardé las balas en mi mochila y caminé hacia la pieza. Me zumbaron los oídos mientras en el silencio se perdían el ruido de los 4 disparos que di sin mirar, aunque fueron efectivos.

(Continua) 

domingo, 26 de febrero de 2012

Programa de transición

Las ventanas muestran ese Valparaíso cerro arriba que tantas veces me ha visto andar. La casa de Orlando es cálida, mientras francisco a mi lado escribe llenando de Once in a while de los Smashing Pumpkins el ambiente. Han sido días difíciles; Después de arrancar de la oscuridad de mi pieza, el skate no ser un medio de escape permanente, y el trabajo un sitio lleno de amantes de la patronal, no me quedó otra que escapar.

Tomé mis cosas y me propuse venirme a la casa de Orlando con la excusa de hablar sobre Trotskismo y revolución, la primera noche fue un “quédate, tenemos espacio, no hay problema”. Las consiguientes también.

Hasta el momento he encontrado, entre la gente que vive en la casa (uno se fue de mochiléo), un partner que me habla sobre el programa de transición – Francisco – un tipo que estudia psicología, y que día a día me parece más enamorador en un sentido casi pudoroso. Su pelo en moicano se mueve demasiado cuando bajamos todos a bailar a esos tantos antros de llenos hipsters y snobs, pero es entretenido: La clase proletaria (o por lo menos sus hijos) bailan como en los bajos barrios londinenses escuchando, obviamente, música inglesa, ocupando el mismo corte de pelo hooligan, y esas mechas ochenteras que me enferman.

-Andrés, tienes unas depresión endógena, al igual que tu madre – dijo la neuróloga mientras mi cara de sueño se tornaba un tanto mas distorcionada.

-Me está jodiendo, ¿no?

-En lo absoluto, de hecho, doblaremos tu dosis nocturna de clonazepam de 0,5 miligramos a 2 miligramos, y en la mañana tomate la misma de 0,5.

-Eso me dejará tirado…

-Y además te recetaremos un antidepresivo de forma permanente, no es tan caro…

-El último me hacía dudar de la realidad.

-Pues este te hará sentir mejor. Dime ¿Tienes novia?

-No…

-Te aconsejo tenerla.

Bebo del té que me hice hace un rato, ahora está frío, mientras por internet busco unos cuantos textos de Bolaño en PDF. Todo lo anterior pasa cuando se te acaban las ganas de no escribir, y te das cuenta que no tienes nada sobre que hacerlo.


domingo, 28 de agosto de 2011

Jean.GIF


Se me cayeron dos veces los lentes antes de poder incorporarme a la inmensa caja que me trajo el correo, increíble, con 2 días de retraso aquel objeto maldito ya estaba en mi casa. Lo encontré en Internet, tenía ese logo luminoso en .gif que mostraba su cara, muy humana y perfecta. En sus cuatro modelos: Oriental, rubia, de color y modelo rusa.

Demoré muchas semanas, consejos, y risas de compañeros de trabajo para poder decidirme a dar el paso adelante: Conseguirme una acompañante que saciara todas mis ganas de recibir cariño desinteresado, después de una vida llena de fracasos, incluyendo un matrimonio que terminó en la estafa del sueño americano que no duró menos que un orgasmo mal venido.

Vi mis comics para encontrar a la mujer perfecta, ni muy voluptuosa, pero no al máximo Twiggy, quizá parecida a Wonder Woman (la actual, no la de los 70’s). Después me negué, era demasiado el parecido, así que indague en alguna actriz que me produjera “cosas” y que perteneciera a alguna época de oro, estuve una semana, noche tras noches, pensando en un nombre interesante, y que me hiciera sentir interesante en algún grado.

Después de la última cajetilla de cigarros frente al Toshiba, y unas cuantas cachetadas frente al tocador del baño me decidí por mi musa: Jean Seberg. Las cosas eran fáciles, sólo escribir el nombre en la pantalla y poner “ENTER”, después vendría la forma de pago y la espera que me haría olvidar este bochornoso asunto de pedir una acompañante de plástico. Si al final yo mismo me convencía de que el asunto no había pasado, nadie se mofaría de mi manera más desesperada de pedirle piedad al destino.
J: Bien, no fue difícil.
E: Vamos, ¿Qué tan terrible debe ser?, vivimos en tiempos modernos donde muchas cosas se permiten.
A: ¿Qué es esto?, ya comienzo a sentirme ridículo.
N: No puedo seguir con esto, vamos, tengo dinero, puedo pagarle a cualquiera. No, en realidad no, le tengo miedo a las enfermedades, ni siquiera la chica con la que hablo en Messenger me da la suficiente confianza.
S: ¿Estoy sudando?
E: Si, estoy sudando.
B: Mis manos tiemblan, ¿por qué me estoy obligando a hacer esto?, ¿me estoy burlando de mi mismo?
E: Mierda.
R: !Vamos¡, no queda nada.
G: Listo y “ENTER”.

Los días siguientes me los pasé fumando, tomando café y hablando de banalidades, la vida parecía retomar su normalidad, aunque ese frío solitario estaba siempre presente, quizá fue una liberación atreverme a pedir una acompañante (de mentiras), y sentir que de a poco el asunto se me olvidaba, incluso el pedido podría no llegar, y yo seguir mi vida completamente normal, sin ningún resentimiento. Quizá se me trate de un enfermo al no ser capaz de hilar una relación propia, de carne y hueso, pero en los tiempos que vivimos no es necesario ser un Don Juan, o tener una novia real, las relaciones sociales en proporciones son simplemente lazos laborales o frente a una pantalla, ni siquiera yo me preocupaba en ese momento, ahora no se si tanto.

Pasaba mi tiempo frente al computador, redactaba un par de informes que me pidió la Universidad para un estudio sobre la industria frutícola y los recursos renovables que escasamente quedan en nuestro país, después de vendido todo, incluso la mano de obra, y embarcado hasta el último joven no matriculado en una casa de estudio a trabajar por un sueldo ínfimo al extranjero. Yo era (soy) un privilegiado de todo esto, incluso a pesar de estar solo, mi apartamento al menos tiene vidrio protector contra los rayos ultravioleta.

Veía películas online, descargaba un par de discos pasables y después salía a tomar el metro atestado de gente, increíblemente narrando estos días siento que es un pasado lejano, ahora encerrado en el baño todo se hace un cuento de ciencia ficción, un 1984 venido a menos.

Y este es el presente que ningún pasado pudo cambiar, los métodos producción, y su lógica por sobre la estabilidad humana nuevamente se hacen presente en mi vida. Pero la soledad llama, y creo que es hora de que me comience a dar por vencido, el amor, en su visión capitalizada, te lo venden por Internet, y viene con protectores de pluma-vit, y olor a auto nuevo.


Y allí está, la caja, cerrada y esperando a que yo le saque la cinta de embalaje de encima. Jean, o lo que sea que esté adentro (espero no tener que armarla) está a un paso de mi indecisión. Envidio a los tipos que años atrás tenían que inflar simplemente esa muñeca, ponerse sobre ellas, hacer “su trabajo”, y después olvidarse del asunto; Ahora los japoneses destrozaron todo esa rapidez y le dieron un vínculo peligroso. Abro la caja.


La caja mide exactamente un metro setenta, retiro el sello de garantía, y la cinta de embalaje, estoy tenso. Al abrir la caja una montaña de pluma-vit picada cae sobre mi, el piso es un desastre. Y allí la veo:
Parada, inmóvil, con los ojos cerrados, con el vestido vintage y los labios rojos, un color natural, huelo su perfume a metros. Su piel me da miedo, casi real estiro mi mano para acariciarla, suave, pero fría, no esa frialdad de muerte, si no de noche con mucho viento y lluvia. A un rincón del compartimento están las instrucciones, por suerte no tengo que ensamblar nada, hecho un vistazo al manual.
Señoritas de acompañamiento, la nueva forma de vivir para caballeros.
Nuestro producto no solo garantiza la compañía de una mujer normal y servicial, si no que la satisfacción de todas las necesidades que el hombre pueda tener con una mujer de casa…


No puedo seguir leyendo, lo aberrante que significa todo esto es nauseabundo, voy directo al punto “¿Dónde mierda se enciende esto?” balbuceo antes de darme cuenta que estoy completamente solo.
Las indicaciones son bastante directas: “busque el interruptor en el entrepiernas del modelo A55-40 y espere mientras el sistema operativo entra en marcha, la personalidad del dispositivo se amoldará conforme usted le responda la primera pregunta del test formativo, además de hacer un reconocimiento de voz”.


Deben estar jodiendo, pienso. Meto mi mano entre las piernas de la muñeca, buscando algo parecido a un interruptor, encuentro un botón, no me atrevo aun, la imagen debe ser muy poco decorosa (dale, no cuesta nada…a las una, a las dos, y a las…a las una a las dos y a las…a las una, a las dos, y a las TRES).


-Hola querido, ¿que vamos a hacer esta noche?.
Soon as you came in,
all the beast went away