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viernes, 17 de mayo de 2013

Pánico: Violeta


Si doy un vistazo a las causas  y asares que llevaron a que finalmente Violeta terminara con una narcolepsia  total sobre mi cama, tiempo pasado de la última vez que hablé con Soledad, pues el principal culpable de todo esto sería yo. Claro, mis pastillas y ese inevitable momento en el que algún idiota quisiera tomarlas para poder satisfacer esa necesidad pequeño burguesa de sentirse un “Farmacodependiente”.

Ok, digo “idiota” porque no evaluaba, ni se me pasaba por la cabeza, que sería la chica con la que había estado los últimos meses, y con la cual acababa de terminar hace algunos días. Se supone que cuando el mundo se ve más tranquilo, incluso cuando ya tienes la piel y los huesos para terminar relaciones y bancarte el sufrimiento del otro, este tipo de hechos queda en las novelas de mal gusto y llenas de lugares comunes, ok, creo que todo terminó más que en una novela, en mi vida.

Las cosas estaban claras y en orden: después de mucho tiempo decidí tener una relación eliminando todos los contras: Mi pesadez, el total rechazo hacia la gente que rodeaba; Volví a la casa de mi madre para poder tener un poco de tranquilidad creativa (tipo Jorge Gonzales), dejé de salir con mucha gente (especialmente con mujeres) y me decidí a ser un hombre nuevo con las convicciones tipo León Trotsky. Resultado: Me convertí en una persona que odiaba todo su entorno, y que por cuestiones obvias el entorno lo odiaba a él, pero que por ningún motivo podía salir de allí.

Una suerte de “Los odio, ustedes me odian, pero debo estar aquí”.

No se puede llegar a ser una gran persona mientras odias en secreto, eso al final te pudre, te quema por dentro hasta que terminas escribiendo en los baños, en las mesas, cambiado tus iniciales para que nadie te cache, y escupiendo mierda al mundo. Volví, por ejemplo, a esa maldita costumbre pendeja de enviar mails anónimos a los profes nefastos en la universidad,  aunque fue entretenido. No recuerdo exactamente el mail, pero a uno le escribí diciéndole lo mierda de su clase, lo nefasta de su parada de “super escritor” y que ojalá Rimbaud  acabara llendose en su boca hasta que “todo”  saliera por sus oídos. No me volví una buena persona necesariamente.

Bueno, directo a lo que atañe,  Violeta se tomó 4 mg. de clonazepam en una suerte de llamada de atención debido a nuestro quiebre y a la posibilidad de que una compañera de Universidad haya venido el día anterior a follar desenfrenadamente conmigo. Cuestión que desmiento, pero en la mente de cualquiera se pude transformar en algo despiadadamente perfecto. Asumo que en realidad vino, pero no hubo más que una conversación sobre la mierda de carrera en la que estoy, y por supuesto, ella metida en internet mientras yo dormía un rato. Lo peor de todo es que mi madre fue una de las que en su enojo, con violeta presente, decidió soltarlo, como una forma de joderme la vida definitivamente.

Con Violeta veníamos teniendo una relación estable hasta que me di cuenta que ambos no podíamos seguir tratándonos, ella sabía de mis fantasmas y por otro lado vivía con la idea de que yo estaba con otra persona, la desconfianza me terminó haciendo dejar de creer en la relación y mandándola a la mierda con la condicionante de que podíamos ser amigos, ahora, con ella allí babeando sobre mi almohada, en su quieto e inquietante sueño, me hace dudar de la decisión. Me es imposible llevar adelante una relación completamente estable sin tener que lidiar con casos como estos. Que retroceso.

Con ella nos conocimos en una de esas fiestas a las que vas por la obligación de que uno de tus amigos cumple un año más. Esos edificios de la explanada de Playa Ancha son húmedos, razón por la cual terminamos durmiendo juntos. Miento, nos teníamos ganas virtualmente, hasta que nos conocimos, lo más raro de todo es que al otro día, después de conversar con ella y despedirme, por equivocación, una vez en mi cama y con el recuerdo aún intacto, me equivoqué de pastillas, y terminé tomando unas huevás para esquizofrénicos, recuerdo de mi tío que estuvo ocupando la pieza un tiempo, antes de que yo, después de una larga decisión, me atreviera a volver al “amor de madre”.

Terminé mareado, tartamudeando y babeando (como Violeta), en la urgencia del Carlos Van Buren. Y como la dosis que había tomado no era suficiente para matarme, el lavado de estomago no era necesario, pero como existía la posibilidad de tener una crisis de pánico, decidieron dejarme en un colchón al lado de la unidad de inyectados y viejos locos sin dientes y pasar la noche allí a ver qué me pasaba. Así tal cual. Resultado claro, tres días en cama, sin ningún tipo de tratamiento más que el de ver televisión y pensar en la muerte.

Mucha gente creyó que finalmente me había intentado suicidar, otros solo asentían con la cabeza y pensaban en mi final inevitable. Qué raro, te tomas por error un par de pastillas y ya eres un rockstar con los suficientes motivos para matarte. Nadie evaluó que si yo no quisiera seguir jodiendolos, ya me habría ido a la mierda hace bastante rato.

Bueno, y aquí estoy, en la pieza llena de fotografías, anuncios del llamado a la toma del poder por los trabajadores, esperando que el último amor despierte y salga de acá con vida. Vigilando si respira, o si tendré que dedicarle algún epitafio a los cobardes. 


lunes, 30 de mayo de 2011

Pánico Extra: Perdí mi juventud en Curauma.


Movías tu cuerpo sobre mi, tuviste un visible viaje al brillo, y dejaste que te abrazara desnuda en medio de esa tarde colegial, cómplice, de Curauma. Leías vía Internet algunos tomos de “Transmetropolitan”, yo me subía los pantalones, me arreglaba el uniforme del Liceo 2 de recreo y te veía blanca, en ropa interior, sobre la cama de tu hermano, ese que trabajaba todo el día.

Y perdí mi juventud en Curauma, bebíamos mientras yo te leía unos poemas insanos e inexcusables, de los cuales tu insistías que nacería mi fama maldita que me haría una persona conocida en el país. Después me desvestías y seguíamos hasta que llegara la noche, y que la última micro me devolviera a Playa Ancha.
A veces me preguntaba quien de los dos se necesitaba más, salía del liceo, mis compañeros te silbaban, unos me trataban de “Compañero traidor” porque tu eras la mina del colegio cuico de abajo, y yo el cabro chico chorizo adoptado por aquellos Evertonianos Ruletas. Pero no lo era, me habías adoptado en aquella micro que me llevo junto contigo, cuando compramos una bebida y yo falté al preuniversitario.

En una la orilla de aquel tranque artificial que nunca entendí, lanzábamos piedras y el agua se dibujaba en tu cara, nos acostumbramos a estar juntos, tu te dabas cuenta que yo estaba allí, y yo siempre te miraba y sonreías tapándote los ojos, sonriéndome, jugando a ser niños te encontré, cuando aquella tarde, ahí mismito, tomaste mi mano y la llevaste a tu entrepierna, me mirabas con complicidad absoluta, me mirabas como si de todo esto dependiera nuestra existencia, después vino un beso, después vino tu voz en mi oído diciéndome sólo algo que recuerdo aquellas noches en que el Valparaíso ebrio me llama, creo que por eso bebo compulsivamente.

El último cómic que me regalaste fue la “La retirada”, libro 5, donde muestran uno de los tantos orígenes del Joker. Después solo tengo encuentros vagos sobre leídas nostálgicas, y ese eterno “Perdí mi juventud en Curauma”, que suena al “Perdí mi Juventud en los burdeles” de Gonzalo Rojas, la única gran diferencia es que no moriste, como aquella dama de la noche de la cual el poeta hijo de Rokha se enamoró perdidamente.
Después nos perdimos, después llegó el amanecer, después llego mi compañero de casa a despertarme, sonaron los Strokes, y los huevos friendo. Sale de nuevo el sol, tengo una leve sensación de pánico por ello, 

¿Dónde carajo guardé esas pastillas?

domingo, 15 de mayo de 2011

Pánico: Fuera de tiempo


Tomo el celular que suena rompiendo la oscuridad de mi pieza. Odio cuando me llaman en medio de la noche, porque después no puedo seguir durmiendo, me tiembla el cuerpo y no logro tranquilizarme, pienso que todo puede pasar.

Veo el número, me cuesta darme cuenta que no es un mal sueño, pero el aparato vibra, y mi brazo se adormece sosteniéndolo, estoy tenso, es como si me llamara el diablo para comunicarme espléndidamente que está al otro lado de mi puerta con una caja de cigarros y unas películas de cine rumano sin subtítulos

Desvío la llamada, y vuelvo a dejar el celular en la cómoda, miro el techo y comienzo a tararear aquella canción de Oasis de la cual nunca recuerdo el nombre. La noche golpea la ciudad y los gatos se esconden bajo las latas de los callejones, allá abajo en las aceras del puerto, y podría jurar que una guitarra suena dando eco en las calles donde ya no transita nadie, donde todos están muertos entre muertos. En la otra pieza roncan, son las 3 y media de la madrugada y por la mañana tengo clases.

Cierro los ojos, parece que me estoy durmiendo, claro, siento esa pesadez placentera y ese cosquilleo en los ojos vuelve para hacerme sentir feliz. Suena nuevamente el celular, vibra como el diablo, miro el visor, al carajo.

-¿Qué mierda quieres?- respondo.

-¿dormías?...

-Obvio, supongo que tu no.

-Pensaba en ti, ¿vendrás a santiago algún día?.

-No.

-Tus dibujos siguen en mi techo.

-Y los tuyos en mi corazón.

-tienes mi disco de Pulp.

- Ya no, han sido tiempos difíciles., lo vendí.

- Pues supongo que estamos a mano.

-No Soledad, no lo estamos, te pusiste un anillo y le diste fechas a tu vida, ¿no lo recuerdas?.

- Si lo recuerdo, no pasó hace tan poco. ¿Dónde estás viviendo?

-En el basurero donde me dejaste.

-¿Sientes que el mundo te debe algo?-se escucha que sollozos al otro lado.

-Pues claro…un recibo, o una multa por lo menos.

-¿Cortarás?

-Si, ya estoy tranquilo, o sea, no entiendo tu llamada.

-Es duro que seas así conmigo.

-Anillo, vestido, plata, al carajo.

Corto el celular y lo lanzo al final de la pieza, me cubro con las mantas, y comienzo a darle un sentido a mi día que empezará en tres horas más. Adiós Soledad.


domingo, 20 de marzo de 2011

Pánico: En la Playa (Ideas irrelevantes).


Pablo mira el mar con asco, no pertenece en ningún caso al paisaje que lo rodea, como en esas escenas cuando sacan a Bob Esponja desde el fondo de bikini a la superficie. Andrés sonríe eternamente, mientras Rolando Cruz observa con las manos en los bolsillos el ir y venir del agua.

Me saco las zapatillas y pongo los pies bajo la arena, después saco un cigarro y me pongo a fumar pensando en qué vendrá ahora. Llegar no fue fácil, esperamos por lo menos 2 horas a que un lugareño se apiadara de nosotros y con su camioneta remolcara el Fiat 132 a un mecánico cercano, que nos cobró un ojo por una llanta, y le encontró al vehículo otros problemas que podían dejarnos irremediablemente solos sin comida en medio de la nada.

Un silencio se adueña de nosotros, todo parece haber sido absorbido por el sonido del mar, la postal no debe ser muy común: cuatro tipos lo suficientemente obscuros en medio del sol y del paisaje de “Palomita blanca”. Al igual que cuando en “Trainspotting” van a las afueras de la ciudad y solo se recuerdan a si mismo que son los perdedores más célebres de su escena, probablemente algo muy parecido a nuestro caso

Andrés abre con esfuerzo la puerta, la humedad marítima parece haberla hinchado, un olor a naftalina inunda la superficie y se disuelve en el aire. Mala señal. Ya no sonríe y levanta las cejas.

- ¡Eres un conchadesumadre, Andres y la puta madre que te parió! – Exclama Pablo – ¿nos trajiste a limpiar la casa de veraneo de tu papis?.

-Tranquilo, si al final de cualquier forma había que limpiar todo, ¿no? .

Cruz mira el techo buscando el blanco que se esconde meticulosamente bajo una capa de hongos, que no parecen ser una amenaza, pero habla de cómo una casa de verano es “solo una casa de verano”.

Limpio el baño mientras del otro lado de la pared se escuchan las puteadas de Pablo, ha sido una tarde de trabajo absurdo, muy lejano a estar de vacaciones, pero estar lejos de la ciudad, nuestra ciudad, no hace menos patéticos y definitivamente demuestra que no somos las ratas de jaula que creía que éramos. Allí encerrados en Valparaíso.

Saco los restos de pasta de dientes salpicada en el espejo, de esas que no se han limpiado nunca, del apurado que antes de saltar a la playa y a sus olas salvajes tipo surfin bird se lavó los dientes con una descuidada rapidez, y dejó su asqueroso rastro de baba y espuma sobre mi actual imagen. Qué asco.

La casa tiene una terraza que da hacia la playa, la madera está afectada por las termitas. Pablo se sienta junto a la puerta mientras yo intento mantener la estabilidad de la silla de playa más endeble en la que he estado, Rolando Cruz fuma y escribe en un cuadernillo, ha estado gran parte del día en ello. La casa está reluciente y un atardecer caluroso baña las costas del litoral central.

Andrés aparece desde la playa en traje de baño sonriendo y goteando agua salada. Su versión de este momento debe ser muy distinta a la de nosotros, pero, la casa reluce, cierro los ojos y trato de sentir el calor del día que se va.

Son las doce de la noche, Andrés y Pablo beben el poco alcohol que trajimos, Rolando conversa conmigo sobre la literatura Chilena, y el movimiento que él quiere hacer surgir, un planteamiento raro de la poesía Punk y la sensación de asco en el lector, una propuesta que me parece honesta, aunque no estoy seguro si en realidad sea necesaria la poesía para provocar asco, últimamente pienso que las cosas tienen su categoría escatológica propia.

- es la mejor manera de crear un renacer en la forma de tomar la poesía como un arma, romper el esquemita culeado del idealismo del mundo, o por lo menos esa estupidez que tienen los mamones de… - interrumpo.

-bueno, pero sin idealizar el mundo que te rodea tienes el peligro de convertirte en uno de los cuantos Emos que se hacen llamar poetas, ¿no crees?.

-¡no pos huevón!, si el Emo llora, aquí hay rabia, ¿funai?...

-si, claro, pero…¿Qué ya no lo había echo Charles?...

-¡pico con ese viejo de mierda!, yo te hablo de algo más fuerte, es mezclar la supuesta belleza de la poesía con el queso caliente de un pan plástico de Mc’donals, ¡como mezclar sangre con leche!

-Un asco…

-completamente.

Nos quedamos en silencio, su idea me gusta. Me lanza un cigarro y después su libreta, me insta a leer…

Se lee lo siguiente:

Unilateralidad.

Despertar todos los días enterrado,
escombros de felpa que no te dejan dormir,
caricias con jeringas, muerte social.
Vomitar todos los días internado,
perfecciones dulces que no te dejan salir,

latigazos de plumas, bipolaridad.


Sólo ustedes valen la pena,
no cuenten conmigo,
no valgo ni la molestia.
Cruzaré yo solo el Caradhras,
nadaré por mi cuenta en el Aqueronte.


Explotar algún día encarnado,
desolación hambrienta, homicidio.
Matar todo lo profetizado,
carnicería sangrienta, genocidio.

No digan que no lo se los advertí.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Pánico: Camino a la playa.



Miro el intervalo del sol y la sombra de los árboles pasearse por la ventana del auto a 100 por hora. Pablo maneja más o menos ido, si chocamos podría no darse cuenta del todo. De cualquier forma su mirada se pierde al fondo de la carretera que parece infinita.

La idea de viajar a la Playa fue de Andrés, que viene sentado de copiloto. Y atrás, a la derecha mía, el tipo que va con la boca abierta es Rolando Cruz, un compañero de la Universidad con el cual no hablo mucho, pero es amigo del Pablo. Los autos me marean, e ir a la ventana me hace sentir mal. Sé que me comporto como una niñita.

Volviendo al asunto del viaje, Andrés insistió en que viajar a la playa (aunque vivamos en una ciudad marítima y no necesitemos alejarnos en un viaje de más de 2 horas) debido a que, según el, un viaje largo que terminara en un lugar nuevo podía renovar nuestras energías y hacernos olvidar de lo que, a ratos, nos hacía sentir el último eslabón de la cadena alimenticia mundial, aunque yo no estuviera muy seguro de en qué consistía ello a pesar de que se hiciera presente en cada momento.

El Andrés propuso quedarnos en una casa a la mierda del mundo en un balneario del que no se me el nombre (a pesar de que voy a ciegas en una carretera estrecha, con unas ganas terribles de vomitar). Sus padres le pasaron las llaves fácilmente, y aún no nos ha querido oficializar el estado del aposento, aunque la respuesta puede estar en la cantidad de artículos de limpieza que hecho junto a las mochilas.

Pablo enciende la radio, no hay señal.

-¡Mierda!, lo que faltaba. Sáquense un pucho – exclamó con el enojo permanente habitual, nunca he sido capaz de entender ese rasgo característico de él. Andrés se da vuelta y busca bajo su asiento su banano con el logo de un equipo de futbol de segunda división. Lo encuentra y saca dos cigarros, me ofrece, pero me niego.

Rolando Cruz me asusta, duerme de una manera degenerada, con la boca abierta y roncando con la cabeza inclinada hacia atrás. Como ya lo dije, pocas veces he hablado con él, a decir verdad creo que es ese tipo de amigo que el mismo Pablo necesita para financiar sus salidas cuando anda corto.

El Fiat 132 vibra sobre la carretera, dormí por unos minutos, desperté sudando. Andres lee el número 3 de “Zombies en la moneda”, Pablo por fin encontró un CD “decente” en la guantera, un compilado con algunas bandas que conozco. Suena bien, piola para todo.

Rolando despertó, ahora mira desorientado el paisaje, creo que está volado, vuelvo a echar un vistazo afuera, leo un enorme letrero: EL QUISCO – 60 KM.

- ¡Mierda huevón!, ¡nos estás llevando al quisco! -grito.

- Obvio, ¿no te habías dado cuenta? – responde Andrés mirando hacia atrás, en un tono semi complice.

-Cresta, Panchito. Estas perdido, llevamos por lo menos una hora y media metidos aquí adentro y nunca se te ocurrió asomarte por lo menos para ver donde te llevamos, a la próxima nos vamos más lejos – Prosigue Pablo mientras mueve su cabeza al ritmo de los que parecen ser los Fother Muckers.

Quise evitar comentarios, igual no debo sentirme indignado por no saber bien a dónde íbamos, en realidad debí preocuparme de eso antes. Me siento algo mareado aún, intento dormir nuevamente, abro un poco la ventana para recibir el aire y relajarme, así las nauseas se disipan.

Me es difícil imaginarnos en la playa, solo hemos ido un par de veces juntos, y sólo ha sido a beber, nunca he metido mis pies al agua del mar, por lo menos en estos últimos 4 años.

El auto se tambalea medianamente fuerte, siento que nos detenemos, abro los ojos y veo a Pablo salir enojado, estamos en la berma, Andrés lo sigue. Discuten un poco, Pablo se toma la cabeza mientras observa desde atrás el auto, decido bajarme.

Mal espectáculo, una llanta que tira humo, y se encuentra completamente desinflada. El mareo me gana, voy a una acequia y comienzo a vomitar.

(CONTINÚA)


miércoles, 29 de septiembre de 2010

Pánico: Soledad.


Soledad corre las cortinas asomándose por consecuencia a la fenomenal vista de la Plaza Italia. La gente sale como agua de la estación del Metro Baquedano. Riega las plantas, y da un largo suspiro.

El sol calienta la casa, la deja agradable, ideal para el silencio que siempre la reina. Ideal para dormir en el sillón.

Lava los platos, los seca y mete la ropa a la secadora. Mucho silencio, más del común, se decide a poner ese disco compilado. Suena “Pasajera en trance”.

Toma unos cuadernos, los cálculos de física se asoman desafiantes. Extraña el mar, Valparaíso, aunque le avergüenza volver, piensa en el Pancho, y en cómo no volvió a buscarla al Muelle. Igual llovía, “le pasó algo” Supone.

(Charly) Ella está por embarcar, Quizás consiga un pasaje en la borda.

Se toma el pelo, y lo sostiene con un lápiz. Le da ese toque asiático que siempre la ha caracterizado. Francisco siempre la llamó “mi Chinita”, y eso era lo más cursi que escuchaba de él, lo demás eran esas frases adolescentes pseudo eróticas que terminaban con ambos pegados como larvas o mirando las estrellas desde viña del mar, en alguna de sus playitas incomodas.

(Charly) Ella está por despegar, Ella se va.

Va a la cocina, saca la leche y bebe de la caja, después se queda pensando en cómo los porteños ocupan el término “frío” para referirse al refrigerador, siempre le dio risa. Son las 5 de la tarde, comienza a hacer un poco de frío, vuelve al living y cierra las ventanas del balcón. Se sienta nuevamente a la mesa, toma los libros y sigue leyendo.

(Charly) Ella viaja sin pagar. El viejo truco de andar por la sombra.

Recuerda que una vez con Pancho estuvieron una tarde entera en aquél mirador, ella grababa con la cámara, mientras el comía chocolate y después de tragar se ponía a escribir en el cuadernillo que nunca dejaba. Le escribía a ella, mientras Soledad se sonrojaba. Quinceañeros.

Le es difícil recordar tiempos mejores. Cuando se vino a Santiago le hizo falta absolutamente todo, pero a la vez nada.

Todo había funado, y su carrera era como lo más interesante que le presentaba esta metrópolis, que por cierto, al no tener mar, la asfixia constantemente.

(Charly) Ella baila sobre el mar. Ella se va.

Se cansa, toma el libro y lo lanza lejos. Va al baño, se moja la cara, tiene sueño, el libro la aburrió tanto que quiere espabilar. Abajo en la plaza se escuchan gritos, ganó la selección Chilena. Poco o nada le puede interesar, se mete a la ducha, abre la llave. Prefiere salír.

(Charly) Pasajera en trance. Pasajera en tránsito perpetuo.

Sale de la ducha, va a la pieza mientras en el camino saca un cigarro de la cajetilla junto a las llaves de la puerta. Lo enciende y da una bocanada grande. Lo deja de lado en el cenicero junto al televisor, y comienza a secarse el pelo. Largo, negro, fino, liso y sin tintes.

Comienza a vestirse.

(Charly) Pasajera en trance. Transitando los lugares ciertos.

Francisco, por las noches en que no la dejaban salir, iba a su casa y le tiraba piedrecillas en la ventana, como en las películas gringas, y se quedaba mirándola desde el patio y conversando por horas, a veces los pillaba el amanecer y el debía marcharse a pie.

Era raro, el prefería mil veces estar conversando cabeza arriba con ella, en vez de irse a beber con la pandilla de monstruos a los que llamaba amigos. Quizá en realidad estaba enamorado. Nunca le dio tanto crédito como ahora.

(Charly) Un amor real, es cómo dormir y estar despierto.

Toma el abrigo y se mira frente al espejo, mira algunos detalles en el pelo, y se decide a salir un rato. Contacta a las amigas por celular, queda de acuerdo. Piensa en lo alto que tendría que tirar piedras Francisco para poder llegar hasta su ventana, se sonríe. Últimamente piensa tantas huevadas.

Toma las llaves y camina a la puerta. Sale, cierra con pestillo y baja con el eco de sus pasos tras de ella.

(Charly) Un amor real es como vivir en aeropuerto.

Y la casa queda vacía. Nadie respira, con los libros sobre la mesa. Y todo se queda allí quieto, porque cuando Soledad no está, todo se vuelve su nombre.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Pánico: ¿Quién lo dirá?

Cuando entré a la Universidad logre compensar las deudas conmigo mismo. Valía la pena ser una persona como yo, o bueno, trataba de convencerme de aquello. Periodismo no era tan malo después de todo.

Aunque, de todas formas, en ese tiempo era un seguidor de Fuguet, por lo tanto justifico que pueda, ahora mismo, haber cambiado de opinión después del tiempo que ha pasado.

Ahora mismo me preparo para salir, es verdad que me he vuelto un misántropo de primera línea, pero eso lo puedo arreglar, el recuerdo de Soledad solo vuelve en la noches para atormentarme, aunque a ratos me da por tratar de recordar el por qué de nuestra mandada a la cresta. Es difuso en realidad, y eso no quiere decir que no lo recuerde, lo recuerdo tanto que me quema la piel cuando lo pienso, si no que estaba tan ebrio la última noche que nos besamos, que recuerdo más el ahogo del vomito/llanto que el roce de sus labios. Joder, me pondré una mejor cara para esta noche.

Pido una botella de vino y me siento junto al Pablo, uno de los pocos compañeros de carrera con los que aún hablo, es un chico alto, delgado y de facciones más bien toscas, tiene la misma costumbre de escribir, aunque su mayor defecto bajo mi juicio, es su maldita manía de intentar ser un hijo de Bowie, y todo lo que ello signifique. Algunos los llaman Hipsters .

De cualquier forma, el hijo de puta bebe como un condenado, y fuma de mis cigarros en un rito repetitivo, el insiste en que fuma mucho, pero que no gasta ningún peso en ello. Quizá me haga el tiempo de pasar un día con él y saber cómo carajo lo hace.

La cantina está llena para ser un día jueves, puede que sea por la noche de poesía que se prepara, y las promociones más convenientes, lo que deja claro que la gente que va a este tipo de encuentros no es más que una masa sin dinero. Miro un rato la nomina de lectores de esta noche, no hay nombres muy interesantes, un tal Orlando Saavedra, otro tipo de apellido Mullër, y una mujer llamada Andrea Apablaza. Mierda, debe ser otra gordita llorona, a la que la organización llama por falta de gente, o para guardar lo mejor para el final, de cualquier forma, beberé lo suficiente para no darme cuenta.

Pablo destapa otra botella, mientras el aire se inunda por la cursilería hecha prosa del tipo de apellido Müller. Orlando Saavedra, el que leyó anteriormente, fue soportablemente decente en leer sólo dos textos y largarse a seguir bebiendo. Puedo dilucidar algo de lo que lee este tipo, a decir verdad solo entiendo las cosas más textuales, lo demás se encuentra dentro de la cabeza del emisor, ya noto que habla sólo, dado que los concurrentes miran las mesas, las botellas, su acompañantes, y hasta algunos hablan a gritos, tratando de sofocar la molesta lengua de Müller que no para de moverse.

-Mierda, ¡que bodrio! – exclama Pablo mientras se bebe la copa “nosecuantos” de un sorbo, quizá si nos hubieran encontrado en nuestros tiempos más “Punk”, probablemente habríamos lanzado la botella al escenario, y comenzado una de las tantas trifulcas correspondientes a un sábado por la noche, antes del Domingo destinado al estadio por la tarde.

- Este poetucho infecto – insiste Pablo- no hace más que llorar sobre sus Ángeles ebrios , el pueblo pobre, que por cierto no lo conoce, y ha dicho como 4 veces “violeta parra” y “Pablo Neruda”. Que mariconada, que maldita y estúpida mariconada.

- Dale una oportunidad, Pablo, fácilmente podrías estar tú allí arriba, y probablemente a los que le gusta esta mierda, te estarían desmembrando. Recuerda que las Gruppies de pantalones pitillos están aún vivas. ¿Acaso no recuerdas a esas fans de Gepe que quisieron matarte por tirarle un escupo en el acto de la Plaza del Pueblo?.

-Si, como si fuera ayer, pero se lo tenía merecido. Por ponerle música a los lloriqueos de un burguesito que quiere ser proleta.

- Dale una oportunidad, a mi me gusta.

-No seas maricón.

Müller (por fin) termina de leer, se produce una pausa, suena de fondo un grupo de Jazz que no conozco, a decir verdad, no conozco ninguno. Estoy algo mareado, me muevo al baño, Pablo mira un libro de Bolaño (que no alcanzo a ver el titulo), que trajo semi-oculto en el abrigo . Choco con un tipo en la puerta y me deslizo hacia el urinario.

Meo tanto que parezco una vaca en verano, la sacudo, me levanto el cierre, y voy al lavamanos. Mientras me secp las manos miro el espejo, explorando mi cara para encontrar alguna anomalía. Nada por el momento.

Saco la tirita de esta noche, y me tomo el Clonazepam. Lo sé, no debería beber si se supone que estoy en tratamiento, pero cuando dije que iba a salir lo dije en serio. Estoy arto del jugo de frutas y la Pepsi.

Salgo, Andrea Apablaza ya lee sobre el escenario (improvisado) del salón rojo (una cantina con fotos de Fidel y demases, donde por supuesto, predomina el color rojo).

Lo que escucho no me parece mal, a decir verdad, me parece bueno, digerible, y la voz de la mina lo convierte a ratos en algo excitante. Me es difícil repetir lo que escucho, lo más probable es que sea por la borrachera.

Me siento, Pablo ya se sacó los lentes y escucha tan atento que me da miedo. Piensa, se sonríe, e incluso me atrevo a decir que se sonroja.

-Parece que te gustó- le digo en un tono complaciente.

-Bastante, además, tiene unas tetas fenomenales.

Me rio. Así es Pablo Vanni, cuando una mujer lee, es difícil que este se dé cuenta que está frente a la nueva generación de la Poesía Chilena. Ni aunque la tuviera frente a su radicalista nariz.

sábado, 7 de agosto de 2010

Pánico: Segundo de realidad.

Hay algo que es real, y si pasó. Esto es lo único verdadero de "Pánico". Ocurrió el 2008.

Soledad y Yo en alguna cimarra en Viña del Mar. Quizá sea bueno aclarar algunas cosas sobre lo que ustedes han leído en el blog.

Estos segundos de filmación son el último vestigio de mi adolescencia, y es inspirado en este encuentro y desencuentro que escribo esta serie de cuentos que a nadie parece importar.

Si querían saber como soy, salgo al final.

Pablo Vanni.

lunes, 26 de julio de 2010

Pánico: En el nombre del Padre...

Pulp de Bukowski se da un par de vueltas en mis manos mientras el metro se mueve de un lado a otro en un vaivén lento, molesto, y de fobia para cualquiera que sufra apnea respiratoria, si es que ese es el nombre del síndrome que trata simplemente de sentir que te estás ahogando, como en una piscina, con agua hasta el cuello.

El carro va lleno, y realmente no tengo las ganas suficientes para ceder el asiento, son las 7:30 de la tarde, y el hedor de los empleados públicos, y privados, de los estudiantes Universitarios y secundarios, y el mío, apesta todo el lugar con un sentido enorme de una jornada agotadora, ese sudor acumulado del día, que no tiene nada que ver con la brisa refrescante de la mañana.

Hace tiempo que no viajaba. Tampoco tenía la intención de hacerlo, afuera el día está nublado, este ha sido un invierno crudo, tengo pocas razones para salir de mi circulo habitual. Mi Padre muere por enésima vez, probablemente otra de sus enfermedades inventadas, a partir de la enfermedad que realmente tiene. Un cáncer que para muchos es una bendición, y para otros, como yo, es la maldición que nos hace seguir viéndonos. No soy un egoísta insensible, pero al menos tengo la cualidad de ser honesto, aunque sea conmigo mismo.

La historia de mi familia no es muy particular, en realidad pasa en la mayoría de los casos que se examinen. Soy hijo de Padres separados, mi Madre se partió la espalda por mí y mi hermana, ok, eso lo valoro bastante, aunque ya para mi adolescencia (en realidad el comienzo de estaa), no podía vivir con ella, y su marido, haciéndome la vida lo menos relajada posible, en aquella casa no había margen para el error, dado que todo se veía abrumado bajo la lógica del dinero. Si me comenzaba a ir mal en los estudios, mi familia no podría costearse los gastos de la Universidad, por lo tanto la beca era imprescindible, aunque yo sabía que no era tan estúpido para perderla.

Las cosas empeoraron cuando comenzaron las crisis, era un ambiente demasiado sofocante, lo que determinó que mi salud mental empeorara considerablemente. Un día decidí largarme, y el primer lugar que pudo convertirse en prácticamente un paraíso, era la casa de mi Padre. A él le iban mejor las cosas desde que se separo de nosotros, supongo, la mala suerte se había alejado completamente de su vida. Bueno, ahora saco como conclusión que yo solo atraigo malas experiencias.

Viví con él un tiempo, las cosas se pusieron de un mejor color, incluso me adapte a lo que llamaba “su modo de vida”, aunque la relación con su mujer no era de lo más agradable, y bueno, mis hermanos no eran algo detestable, pero sin darse cuenta, me hacían notar lo distinto de nuestras vidas, y como al final yo me convertía en un ser miserable en cuanto a ambiciones y términos materiales.

Bueno, sobre su mujer, especialmente, recuerdo una cena que tuvimos con unos amigo de la Familia, todo estaba bien como para aparentar y compartir en términos arribistas. Ese día yo no había podido tomar mis pastillas como era de costumbre, debido a que me las suministraba mi Madre, y por causa de una molesta lluvia no había podido ir a buscarlas, dado que eso significaba un largo viaje en metro pasando tres ciudades, unos 55 kilómetros. Por lo tanto, después de un día y medio sin mi dosis (recetada por un maldito neurólogo), comencé no sólo a sufrir los estragos de las crisis de pánico, que incluyen un poco de mareo, temblores, sudor de las manos, y frío, sino que también el malestar físico de un pequeño síndrome de abstinencia. Bueno, de cualquier manera no era mi día, y mi Padre, bromeando en todo momento sentados a la mesa, me preguntaba “¿Ya quieres suicidarte?”, y ella, muy pulcra como siempre, hacía como si mi cara no significara nada, conversaba de lo más animada, quizá ignorándome como de costumbre, evitando la vergüenza de tener prácticamente un enfermo mental entre los suyos.

Lo que me pareció más gracioso, ahora que lo recuerdo, es la única reacción que tuvo una de las visitas, que al verme me pregunto: “¿Todo bien?”, yo asentí con la cabeza, y simulé que no me pasaba nada, pensando lo gracioso que resultaba ver que una visita se preocupaba más de mí que la propia mujer de mi Padre, bueno, en realidad nadie la obligaba. Ya no había lugar para mí en casa de mi madre (las piezas se le acabaron), y en casa de mi padre, yo notaba en todos lados mi papel de invasor.

Esa noche hable largo con Soledad, mientras lloraba al otro lado de la línea. Yo le pedía que se calmara, que las cosas pasarían. En ese momento yo podía darme el lujo de garantizar cosas, hoy, 3 años y medio después (si, claramente se escucha como si hubieran pasado más años), no puedo hablar las cosas con tanta seguridad.

A mi Padre ese mismo año le diagnosticaron un cáncer testicular que a los pocos meses después lo tendría tan pálido como los pañuelos que usaba para la alergia. Unas semanas mas tarde, tomé mis cosas y me marché a la vida que llevo ahora. No lo hice con resentimiento, pero debo admitir que huía de ver morir a alguien que recién estaba conociendo, y de sentir que era mi culpa por traer la maldición de mi existencia y la mala suerte que conllevaba estar a mi lado.

Toco el timbre, ya es de noche, pero no hace tanto frío como pensé que haría, sudo un poco bajo mi abrigo, toco de nuevo. Ding-dong, ding-dong, ding-dong, ding-dong…

Abren la puerta, la cara de uno de mis hermanos se asoma, sonríe, me invita a pasar, me pregunta de cómo me ha ido en la Universidad, y como me ha tratado la vida en general. Yo invento el mejor de los cuentos, y le devuelvo la pregunta, el me cuenta alguna de sus anécdotas de secundario, y me dice que quiere estudiar ingeniería comercial, simulo interés, tiro falsas flores a la carrera, invento un estudio de alguna universidad tradicional que acredita el auge de esta, y paso directamente a la pieza de Papá.

Allí está el, tirado bajo las mantas, con el brazo afuera sosteniendo el control remoto, me mira y sonríe. Se ve mal, pero no tanto como para morirse.

-Si me vuelves a llamar diciéndome que te morirás mañana, te pasará la de “pedrito y el lobo”, y no vendré – le digo mientras le doy la mano, y un abrazo quizá de cortesía, el tose un poco.

-No deberías de ser así conmigo, recuerda que me falta poco, y no es un crimen querer ver a mi hijo…- dice mientras intenta alcanzar la caja de pañuelos tipo “final de teleserie” que hay en la cómoda a un costado de la cama, se los alcanzo para no ver tal espectáculo atroz.

-Vamos, viejo, hace unos años que te estás muriendo, y no comprendo tu manía de acostarte temprano, no creo que el tratamiento no te haga efecto…

-Los médicos ven mejorías, pero yo realmente no, ando debilucho y como veras, el poco pelo que me quedaba se cayó. Y esta tos de mierda que no me puedo sacar de encima.

- Se llama resfrío, y es obvio que te vendrá fuerte si tienes las defensas bajas…

-¡los malditos Periodistas tienen respuesta para todo!, llevas unos años estudiando y ya te pareces a esos estúpidos del Canal 24…

-Te vengo a ver por un rato, debo volver antes de que se acabe la locomoción…

Me saco el abrigo y me arremango la camisa, prefiero evitar el calor de la casa, o si no sudare como un cerdo. Tomo una silla y veo televisión un rato con el viejo, bueno, mi padre hace poco tiempo se veía joven, hoy consumido un poco por la batalla que lleva, se ve tan viejo que podría ser perfectamente mi abuelo, es una pena claro, pero la vida es tan dura que no es mentalmente factible entenderla, por algo hay que sólo vivirla lo necesario como para querer cambiarla, o morir en el intento.

-Y tu novia ¿cómo es que se llamaba? – pregunta.

-No tengo novia, Papá…

-Pero, la tuviste, ¿Soledad, no es que se llamaba?...

-Terminamos hace algún tiempo…

-¿Y no quieres hablar de eso?...

-¿Es esta la conversación de Padre e hijo que debimos tener por lo menos 4 años atrás?...

-Que duro te has puesto, solo preguntaba para saber algo más de ti, no es que quiera acercarme antes de que me pase algo…

-Ahí está el problema Papá, yo te necesitaba mucho antes de que creyeras que te ibas a morir. Ahora súbele el volumen al televisor…

Un silencio cubre la pieza, el ya no me discute, el dialogo de Dr. House (esos capítulos más repetidos que la caída de las torres gemelas por tv) se escucha fuerte, lo miro, observa la tele con un gesto de corta vista, tomo sus lentes y se los paso, me agradece mientras se los pone, y comienza otro dialogo de cómo él se hace sin querer más viejo, y yo sin querer más adulto.

Tengo 23 años, mi viejo, enfermo y todo, ronda los 55, y es una pena verlo cansado. Ya resentimientos a un hombre enfermo no le puedo tener.

Voy en el metro vacío, de nuevo ese vaivén de lado a lado, trato de tener un dejo de indiferencia. Al terminar ese capítulo de House, nos tomamos un té y yo alegando que entraba temprano a la universidad, y que por la tarde me tocaba trabajar en el Video Club, me fui lo más rápido posible. Enciendo un cigarro después de meses sin hacerlo, a nadie le molesta, un tipo con pinta de vagabundo está al otro lado del carro, duerme en lo que yo creo es una borrachera, aparte de él no hay absolutamente nadie más. Miro mi celular, las 23:30, estuve muy poco rato, lo sé, pero no soy bueno guiándome por sentimentalismos.

Busco su número, aprieto “send”. Me contesta al otro lado, y yo comienzo a contarle todo lo que pasó con Soledad, hasta que la voz embazada de los parlantes dice que todos los pasajeros deben descender.